Genaro Guízar: La historia detrás del personaje

Genaro Guízar: La historia detrás del personaje

(IV y última parte)

La mejor escuela: la vida misma

A la edad de 22 años el adiós con los amigos suele no ser doloroso. El toque de las tradicionales “Las Golondrinas” durante la fiesta de graduación, arranca una lágrima, o más, quizás, porque se comienza a percibir la nostalgia de tres años de convivencia en las aulas, en las plazas de la ciudad y en las fiestas, pero siempre queda la sensación de que, aunque no a diario, continuarán las reuniones, las visitas, las convivencias los fines de semana, y la cercanía mutua.
No fue así en el caso de Genaro. Sus amigos contadores privados tomaron trabajos en fuentes distintas. Él, en una despepitadora; otros, en bancos; algunos, como “El Pelos Parados” -así le decían a Guillermo (Álvarez) Ordaz-, en empresas foráneas.
Genaro tuvo su primer lejanía de Apatzingán y amigos, cuando el director de la Academia de Comercio “Pitman”, el profesor Josué Madrigal, le ofreció trabajo como director de la extensión que se abriría en Tepalcatepec, oferta que aceptó porque ganaría un buen sueldo.
Su primera actividad era promocionar la escuela y aperturar inscripciones.
En Tepalcatepec, en donde la belleza física de las mujeres es reconocida al grado de que parecen recortadas de una revista del jet-set, Genaro logró inscribir a unas setenta féminas ya que la carrera de Secretariado era la más socorrida.
Todo iba bien. Parecía que la apertura de la escuela sería un éxito, sin embargo Genaro no logró asumir el cargo como director.
Corría el año de 1969, tiempos en que el machismo mexicano imperaba y era aceptado sumisamente por las mujeres. En Tepalcatepec no era la excepción, y Genaro no era bien visto por lo hombres padres, hermanos, novios y hasta esposos de las aspirantes a entrar.
Más aún, desconfiaban de la apertura de una academia, ya que en realidad no sabían ni siquiera el significado del término en un lugar donde apenas se conocía lo que era una escuela primaria y justamente ese nivel era el que se ocupaba en ese entonces para estudiar una carrera corta.
Bueno, pues para abreviar, los celos de los varones en contra de quien reclutaba estudiantes, hizo que Genaro desertara del proyecto y regresara a Apatzingán. Temía por su integridad física.
Una vez en la ciudad, un amigo suyo, José María Orozco, quien ya había estado en Estados Unidos, le dijo: “vámonos a la chingada pa’l norte. Allá hay mucho trabajo”.
Genaro aceptó, pero tenía poco dinero, así que Doña Lupita, su madre, lo ayudó al empeñar su máquina de coser y otras cosas en 700 pesos, para que hiciera el viaje, que duraba tres días, a Tijuana, en un autobús de la línea “Autotransportes de Sonora”.
En Tijuana tenía dos opciones: buscaba trabajo, o decidía pasar de imediato al “otro lado” como indocumentado.
“Al mal paso, darle prisa” y luego de algunos días de zozobra, hambres y decepciones familiares, se decidió a cruzar al “otro lado”.
Pero tuvo que vivir días aciagos.
El viale en autobús a Tijuana era toda una odisea, ya que durante tres días menudeaban los incidentes y experiencias.
Un autobús sin sanitarios obligaba a bajar intempestivamente en cada terminal porque los choferes presionaban con el clásico “tiene cinco minutos para bajar a lo que gusten y volver a abordar”. Era mentira porque en ocasiones eran hasta quince minutos de tolerancia, pero el corto tiempo anunciado presionaba y estresaba a hacer las cosas rápido.
La situación se complicaba cuando por la escasez de dinero se tenía que buscar en las terminales un estanquillo con los alimentos más baratos. Eso llevaba algún tiempo, razón por la que se estaba siempre con “un ojo al gato, y otro al garabato”, es decir, atento al regateo en los puestos de comida, sin perder de vista el autobús para que no se fuera sin Genaro y Chema Orozco.
Además, la bronca de llegar a Tijuana procedente del sur y casi sin dinero, dejó a Genaro su primera enseñanza: “en la frontera y en Estados Unidos no hay amigos, ni parientes, aunque los tengas”.
Las amargas experiencias que en esas condiciones se viven, despiertan al individuo e inician su formación. De hecho marcan la pauta para lo que pueden llegar a ser en la vida, porque la vida no es fácil.
“Ocupas hacer uso de todo el conocimiento adquirido para labrarte un futuro. Te vas formando hacia lo que serás. Es necesario aprovechar todo lo que te pasa para hacer de esa metamorfosis a un hombre sensible, pero fuerte de carácter; un ser humano capaz de percibir cuándo te mienten, y cuándo te hablan con la verdad, para no ser víctima, pero tampoco victimario, de otros.
La aspereza del trato y la convivencia con todos lo que emigran, hace al mexicano precavido, astuto y te enseña el valor de la sobrevivencia en las calles de un país extraño.
Yo casi mendingaba ayuda tanto para sibrevivir en Tijuana, como para tratar de cruzar o buscar un “coyote” o “pollero”que me creyera la necesidad de cruzar del otro lado y que allá había un respondiente de pagar, como era mi caso con mi hermano Gabriel.
Bueno, pues así llegamos junto con mi amigo Chema, siempre en busca de un trabajo. Siempre en busca de algo de dinero para comer. Había parientes, había amigos, pero para un mexicano en nuestras condiciones no estaban disponibles porque ni siquiera te daban un taco, o prestaban dinero para comprarlo, mucho menos para pagar un cruce que en ese tiempo costaba entre 250 y 300 dólares.
Así que a nadie le importaba tu hambre, mucho menos tu situación integral. Los parientes, inclusive los mas cercanos, te ignoraban porque ellos ya estaban bien. Uno era quien tenía que dormir en la calle, en un auto viejo abandonado o en un lote baldío. Tu hambruna y tu frío, no los sentían ellos.
Asi, Chema y yo estuvimos sin probar bocado dos o tres dias, porque hay quien te de cerveza, pero casi no hay quien te ofresca un taco”, dice Genaro durante su narración original.
Y agrega: “decepcionado de mis parientes cercanos y de algunos amigos, llegamos a un billar donde casi toda la gente de este rumbo se reunía a contarse mutuamente sus historias y a ver que obtenían unos de los otros. Allí aprendí que entre amigos de desgracia todo se comparte”.
Finalmente, Guízar Valencia logró cruzar la línea como muchos: por el cerro, pero con tan buena suerte, que lo atrapó la migra.
Y es que tuvo la buena suerte de que lo atrapara la migra porque eso sirvió para que se quedara con un permiso por tres meses en el vecino país.
Resulta que se declaró estudiante de Contabilidad en México y lo comprobó con sus credenciales expedidas por la “Pitman”, y declaró también su intención de trabajar en Estados Unidos durante el período de vacaciones, en lo cual justamente coincidían las cosas porque se lanzó a esa aventura cuando en este país había asueto escolar.
Los gringos le preguntaron sobre algunos temas de contabilidad y, al contestar correctamente, le dieron un permiso hasta por tres meses para trabajar en el campo, con la condición de que ellos recogerían su sueldo y le darían sólo el cincuenta por ciento. La otra mitad se la entregarían al vencimiento del permiso, cuando se presentara para ser deportado. Así podían ser las cosas en aquellos tiempos, y más cuando en el “field” ocupaban trabajadores para las cosechas. Había manga ancha temporal.
Y así fue durante unas semanas. Genaro fue enviado a Indio, California, pues se ocupaba gente en el campo.
Vivió y comió en galeras, sin embargo no estaba dispuesto a regresar a México tan pronto.
Así que se fue en busca de su hermano Gabriel, quien años antes había partido a Estados Unidos y vivía en Long Beach.
Genaro perdió la.mitad del sueldo que le resguardaban en Migración. Ese fue el costo económico de su persistencia.
Una vez en Long Beach, comenzó a trabajar. Parte de su primer sueldo lo empleó en la compra de un tocadiscos y de un programa de Inglés en discos, pues estaba decidió a estudiar ese idioma, sabedor de que quien hablaba inglés, tenía mejores trabajos y era mucho mejor pagado.
Las pruebas de aprendizaje las aplicó y aprobó en el “Long Beach City College”.
El inglés pronto le permitió una actividad harto lucrativa, porque le abrió la posibilidad de hacer su propia empresa, pues pudo obtener licencia de manejo y al comprar un auto usado Ford Galaxy 500, se convirtió en improvisado “taxista” de sus amigos, quienes no podían obtener licencia de manejo, por tanto ni auto compraban.
Así que se convirtió en conductor particular de sus cuates: al market (marqueta, le dicen los emigrantes), al cine, al bar, a la ñlaya, y por todo eso le pagaban y hasta el combustible le compraban.
Tres años después, en 1972, Genaro regresó a México en auto y con muchos dólares.
A su regreso a Estados Unidos, todavía existían las mismas facilidades que en 1969, así que no tuvo mayores problemas para reinstalarse y conseguir trabajo: ahora en empresas gringas de pretsigio, pues sus estudios de contabilidad y su dominio del ingles lo hicieron jefe de personal en varias de ellas, máxime cuando detectaba la deshonestidad de algunos trabajadores que por ello eran cesados. Al fin y al cabo era su función. y eso lo convirtió casi siempre en empleado de confianza.
Así pasaron más de 30 años. Genaro se convirtió en empresario de la industria restaurantera, de la radio y otros espacios.
Cuenta como se asoció con un hindú y las ventajas que ello tuvo en su ascendente status, ahora como ciudadano Americano, pues logró nacionalizarse luego de un tiempo de vivir en California
Del campo a los negocios, fue una ruta que le ocupó tres décadas. Lo mismo compraba e instalaba negocios, que los vendía y obtenía jugosas utilidades en cada operación.
Un buen día, en 2003, decidió regresar a Apatzingán e incursionar en la política, pero esa es otra parte de la historia de Genaro Guízar Valencia, quien dice que algún día plasmará su vida en un libro biigráfico, para dejar constancia de que se pueden lograr todas las metas en la vida con acciones honestas e inteligentes.
Genaro es un hombre que ha logrado mucho en la vida, no obstante haber nacido “Sin Fortuna” (y sin nada). FIN.